domingo, 12 de septiembre de 2010

instrucciones para romper un corazón

Imagina una casa. Vives en ella. Solo, pero feliz por ser independiente. Tu vida va bien y lo mejor de todo es que sabes que irá mejorando con el andar del minutero. Imagina que tienes una cama. Grande, enorme, inmensa. Como tus sueños. Admite un pasajero extra. Un viaje eterno cada noche. La cama se bandea. Y es que, claro… 6 patas de metal soportan muchos kilos, pero no tanta pasión.

Los muros son follaje, una selva intrincada, compuesta de un solo árbol que tarda en germinar. Mejor, un bosque que protege y abriga. Uno planta la semilla, el otro la hace florecer. El trato corrobora los presagios y las flores te miran con envidia. Cada día trae consigo una sonrisa. Buenos días, amor.

Cada mañana un nuevo baile. Cinco minutos, mejor diez. Y allí estás, acoplado en un abrazo, mezcolanza indisoluble, en un cuerpo que hace un tiempo eran dos. Tu copiloto, tu aeroplano, eso que te hace volar: ella alerta en vano: “¡Mierda, la hora!”. Y si… qué mierda los relojes. ¿De quién fue la idea de parcelar el tiempo que invertimos en vivir? “¡Que tengas un lindo día!” es el deseo. Deseo que perdió la pulsada, pues el hecho fue más rápido: “Ya lo estoy teniendo”, contestas.

Corazones vuelan, pajaritos cantan y toda la fauna silvestre de los cuentos olvida que la mamá de Bambi murió, para acompañarte en tu recorrido al trabajo, a la escuela. Te sacudes un poco el olor a fantasía, estás por tu cuenta y ahora, con energía inagotable y el cuchillo entre los dientes, te plantas de frente al planeta:

-¡Acá estoy, realidad! Invencible, indestructible. ¡Eso soy! ¡Trata de tumbarme, si puedes, hija de puta!

Por primera vez desde que existes eres feliz. Y no feliz, como en la cuña de las alitas protectoras o el banco que te resuelve, no… plenamente feliz. Nada te sobra, nada te falta. Nada te agobia, porque todo lo tienes. Todo menos idea. Y no te importa que así sea.

Y pasa el tiempo y el maldito, ahora es bendito minutero. Es fiel testigo de las buenas, no tan buenas y alguna maldad que has sufrido durante la travesía. ¡Mira cuánto tiempo ha pasado desde que la conociste, cuánto tiempo desde que comenzaste a vivir!

Ella ha recorrido mucho, tú el doble. Aún te sientes joven (cada día más), despreocupado y, por qué no, irreverente. Pero te sabes más experimentado, te conoces más, te quieres más. Eres aprendiz y vencedor, suficientemente sabio para darte cuenta que nada dura para siempre. Que un amor no dura mil años y te contentas con noventa y cuatro. Es un pacto hasta entonces.

Ella crece y con ella creces tú. No son niños jugando a enamorados, ni pretenden. Encuentras que la seriedad no es algo malo y que por el contrario, es segura y reconfortante.

Decides que para el futuro es mejor ir labrando el presente. Te embarcas en periplos que se antojan peligrosos. Viajas con la duda. Pero ella te reconforta y la promesa de esperar tu retorno está tendida al sol. Su alma viaja contigo, tus pensamientos quedan con ella y ese bosque protector del que nunca quisiste (pero debías) salir. Vas en busca de El Dorado ansiando conocimiento y no adviertes que la maldición del colonizador es la de ignorar que el mundo se conquista en propia tierra.

Water resistant, doble blindaje y se lava fácilmente. Pero el contrato tiene letra chica, cosas de dominio público que nadie sabe. Trampas cazabobos. La distancia te hace extraño extrañado de que ella no te extrañe. El tiempo, ese protagonista que creíste fondo, es ave de rapiña, mal agüero, itinerante cazador de felices tontos como tú. Te creíste intocable y eres todo talón de Aquiles.

Resulta que mientras armaste una vida con ella, sin que ella estuviese allí, ella armó una propia. No puedes culparla. Creíste que ella estaba en tu memoria, pensamiento recurrente y duradero. No en tierra firme. Para ti, ella es canción que hipnotiza, película que embelesa, acción que emociona y sobre todo, tiempo presente.

Ahora imagina que para ella, te vas convirtiendo en imagen borrosa, desenfoque del destino, un esbozo del pasado que en un futuro ella tendrá. Te desvaneces ante sus ojos. Ante los tuyos. El diablo susurra en su oído y la empuja a cortar las amarras de tu barco. Ese cuyo capitán no sabe si erró en la partida o al regresar.

Imaginas que creíste y ya no crees, pero la esperanza, (¡maldita sea!) es lo último que se pierde.

Imagina que ahora luchas contra el gigante del adiós. Tu cuchillo entre los dientes es varita mágica de goma que nada puede contra lo más real, tangible y verdadero que existe: el olvido. Sé que piensas que tangible es una casa, que verdaderas son mil cosas, pero no el olvido. Sé, entonces, que nunca te ha golpeado el pecho con su mano dura.

Imagina que vuelves a casa, esa que es segura, esa que una vez fue bosque, hoy estepa. Regresas. Una y otra vez regresas. Una y otra vez. Regresas.

Regresas para darte cuenta de que consigo se llevó todo. El techo que te guarecía, hoy te deja indefenso contra los elementos. El observatorio pronostica fuertes y copiosas lágrimas, con posibilidad de (más bien, propensión a) tiempos nublados y autodestructivos. Hoy no es un buen día para estar en casa.

El piso ya no te soporta. Tú tampoco. Flotas en vacío, como un astronauta en desgracia. Y es que el espacio exterior está hecho de corazones rotos. El frío demoledor, la asfixia mecánica, la supresión de los órganos internos, el músculo que explota y la implosión sorda que te impide gritar y nadie escucha.

El limbo, interminable hijo de puta, oscuridad abismal que señala aquella estrella lejana a millones de años luz. No sabes si viene, va, o si estuvo alguna vez. La mente te agobia. El cerebro es un corazón que bombea sangre que no llega. Soledad es tu nombre.

Se llevó tu cama, en la que dormías y soñabas. También amabas. La cobija, aunque toda tuya, ya no arropa. El frío viene desde adentro. Como quien apaga un cigarro con la mano, sólo humo en el aire y quemaduras es lo que tienes. En tus ojos y en tu boca, amarga ceniza, que arde al llorar. Te recomiendo, no lo hagas.

Sin piso ni techo, lo único que queda en pie de esa otrora casa, son cuatro paredes. Barreras de contención. La flora en ellas hoy es moho. El bosque es ladrillo y cemento. No hay puertas ni ventanas. La gente grita desde afuera que todo estará bien. Ya todo pasará. Intentan, inútilmente, derribar los muros que, como hidra arquitectónica, se vuelven a levantar reforzados. Te sabes inútil, piensas que nada tienes, nada vales. Ya no suena la música, los ojos no aprecian el cine, reír te duele. El calor humano es un mal sabor de boca. Patético, lastimoso y dantesco espectáculo, el tuyo.

Ella se rindió por los dos. Y crees que eso te hará sentir mejor. Es su culpa. De ella y nadie más. Recuerdas que aunque fue difícil, nunca pensaste en abandonar la travesía. Recuerdas que nunca levantaste la voz, que nunca hubo maltrato, que al sopesar los bueno y lo malo, la cuenta siempre daba un positivo superávit. Que veías con buenos ojos que ella pudiera sonreír en tu ausencia. Recuerdas que agradeciste al cielo por las amistades que lograron llenar su solitud. Un trago con amigas era bálsamo. Eso creyeron ambos, por razones distintas.

Acusas su cobardía, pero ella no quiso hacerte daño y analizas las razones. Ya nada es como era, las cosas han cambiado y no resistieron la distancia. Mal timing, supones. Pides una primera oportunidad. El jurado te halla culpable y sabes que lo eres. Implacable es la sentencia.

No aceptas los términos, rompes a llorar como hombre y defiendes como mujer. No te rindes. Demandas explicaciones que sabes que no existen. Ella es joven y quiere correr, saltar, volar, vivir su vida. Por eso te devuelve la tuya… ¿tuya? Te deja libre. Libre a kilómetros de altura.

En la caída adviertes que volverías a hacer todo de nuevo, que el dolor no se compara con lo feliz que fuiste, pero sí con la certeza de no volver a serlo jamás. En medio de la vorágine que eres, tocas el suelo. Estás dañado.

Los muros aprietan más y la sangre ya no fluye. Finalmente todo el tiempo se detiene para repetirse al infinito. Regresas. Etapa por etapa, niegas la negación, te aíslas en la gente, el odio te invade. Te vuelves irascible, iracundo, iraní. E irán pasando las horas y harás pacto con la depresión. Esa que no te abandonará jamás. La aceptas como tu amiga. Te da la esperanza de algún día no estar esperanzado. Y abres los ojos otra vez. Y tragas bilis y te nutres de ella. Tu alimento y vitamina. Verás que no hay etapas, pues ya no hay tiempo. Tiempo para volver o para seguir. Simplemente ya no hay tiempo, ¿recuerdas? Imagina que la canción de John Lennon no existe, ni tampoco el mundo en paz. Imagina que con todas tus fuerzas crees lo contrario, y lo contrario te asesinó.

Ahora imagina que no eres tú, que eres ella. Te habrás roto el corazón. Lo harás cada vez por el resto de los días. Así se hace.

3 comentarios:

  1. No puedo más que amarte por este texto... estaré esperando más

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  2. Me alegra constatar que sigues siendo un genio. Gracias por compartir esto. Te adoro.
    Mari.

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