jueves, 27 de septiembre de 2012

dios el expendedor


no hace mucho tuve un par de encuentros desafortunados con una máquina expendedora de chucherías, refrescos y otras mariqueritas, que hoy traigo a modo de anécdota. ésta es la trágica historia de un hombre que luchó contra todo y sin embargo, nunca obtuvo lo que realmente anhelaba. la vida y dios se lo negaron.

"ya vengo, voy al piso cuatro a comprarme una manzanita". la había saboreado en mis papilas gustativas durante toda la mañana y necesitaba, de una vez por todas, hacerme con su exquisito sabor. ni uva, ni colita, ni juguitos naturales. mi deseo era una manzanita, o lo que es lo mismo, la felicidad. salí de la oficina, no sin antes presentar mi carnet intransferible al lector electrónico de la puerta. cumplí con los trámites impuestos por la sociedad (en este caso el comité de seguridad laboral) y las láminas de vidrio me abrieron paso. me dirigí al ascensor y pedí el piso 4, por favor. gracias, qué amable. siempre a la orden. hasta luego. todo ello en un monólogo, pues es sabido que nadie, absolutamente nadie, me contesta la cortesía ni embarrada en lindas palabras.

llegué. me dirigí a la máquina mientras buscaba en el bolsillo un billete previa y perfectamente doblado, sin más arrugas de las que pudiese admitir la comerciante electrónica. desdoblé el papel con increíble cuidado, casi con ternura. lo acaricié en mis manos hasta dejarlo impecablemente presentable para la ranura de la máquina. era el juego previo a la introducción del dinero en aquella hermosa canal, estrecha, recién pulida. oh, por dios. ya no pude esperar más. y sí, le metí el billete entero.

hasta acá, todo normal, excepto por el extraño sentido sexual que, lastimosamente, acabo de darle al párrafo anterior. pero es acá donde la trama sufre un giro y se complica, no en términos de la historia, sino de mi existencia. la manzanita, mi manzanita, se hallaba en A15 en el tercer tramo, lo que auguraba una larga caída. no me importó. presioné las teclas A, 1 y 5 y me dispuse a esperar mi alegría. los espirales que mantenían aprisionada la lata de refresco pronto comenzaron a girar hasta liberarla y empujarla en caída libre hacia el precipicio. ¡bang! como si fuese la de newton, la manzana cayó del árbol.

con una sonrisa de 25 de diciembre por la mañana, recogí el envase de felicidad gaseosa y lo sostuve durante un par de segundos en contemplación. cuando halé la pestaña, como todos hubiesen podido esperar, todos menos yo, el líquido salió expulsado con violencia desde las oscuridades de aquel recipiente. empujada por el gas, aquella espuma rabiosa salió a mi encuentro y se abalanzó sobre mi ropa. casi todo el refresco murió estrellado en el piso como un kamikaze burbujeante.

la lata había perdido 75% de su contenido y 100% de su efervescencia. sentí ganas de llorar, pero simplemente maldije hasta la muerte a la madre del conductor que llevó aquel armatoste hasta su actual ubicación. eché a andar con mi dolor a cuestas. en algún lugar del camino lo tiré a la basura y decidí reanudar mi vida. tiempo más tarde, tras días de evitar los refrescos y el dolor de su recuerdo, decidí que era hora de machacar el pasado y sus miedos. esa manzanita sería mía.

con valor, subí al piso 4 para descubrir que el objeto de mi deseo se encontraba en el panel inferior y que la caída post liberación ya no sería un trauma. y en efecto, no fue la caída sino la pepsi light delante del refresco que yo quería y necesitaba lo que me golpeó la moral. así estaban. formadas en fila perfecta. pepsi light, manzanita, manzanita, colita y piña. me pregunté qué clase de dios permitiría tal aberración y grité al cielo sin abrir la boca. rápidamente caí en cuenta que lo único que me separaba de mi meta no era aquella lata de pepsi, sino el don del cálculo y la paciencia. simplemente debía esperar a que alguien tomase aquel refresco indeseado y mi camino estaría libre. estúpido tonto.

eso que llaman timing (cómo detesto esa palabreja) me volvió a joder y cuando pasé a vigilar el status de mi pedido al cielo, la asquerosa pepsi light ya no estaba en inventario pero my precious tampoco. miré al cielo nuevamente preguntando y de allá me respondieron que de eso que yo quería, no había más. al girar la cabeza vi a un niño, el hijo de algún empleado, disfrutar de mi refresco con el ruido que hace la mala educación cuando sorbe.

y entendí. al principio y al final uno tiene sueños, tiene planes, tiene mantras que repite como planas, y de nada sirven. y ojo, no se trata de decir que dios, el destino o la pachamama nos jode y no nos ama. no. cualquiera sea tu ente de confianza, te da lo que tiene y lo que hay, lo que quiere y puede darte y no lo que necesitas tú. lo bueno, dentro de todo, es que a veces y por extrañísimas coincidencias lo que te da y lo que necesitas pudieran ser la misma cosa.

domingo, 23 de septiembre de 2012

la lluvia

XI
no ingresaría, por el resto de la noche, ningún otro herido de proyectil ni malogrados por violencia punzocortante. sí, afectados por golpes caseros y víctimas, como mi padre, de sus propias borracheras. sólo un hombre algo mayor trató de colarse a la sala, pero fue descubierto en su intento por parecer vivo. el cadáver, con dos disparos en la ingle, fue rápidamente enviado a la morgue, supongo. sin dejar rastro, Vargas había desaparecido, quizás por última vez. cuando los familiares reingresaron a la sala a cuidar a sus enfermos, luego de haber sido desalojados por enésima vez, Iván logró entrar con ellos y trajo consigo una bebida energética. la tragué en cuestión de segundos, pero la sed seguía allí, era un fuego y aquello apenas un baldazo de agua turbia. agradecí a mi cuñado de manera sincera y no sin cierta decepción.

por fin hubo tiempo para extraer la sangre de papá y mandar la muestra al laboratorio para la hematología. dos horas, dijeron que tardaría. dos hora más o menos. quizás hasta tres, pero nunca cuatro. bueno, una vez los resultados de un paciente tardaron seis horas por error del laboratorio. pero eso casi nunca pasa. mientras esperamos, la enfermera le pondrá una vía para hidratar al paciente y que se le baje la embriaguez y recupere algo de conciencia. hay que estar pendientes de la posición del brazo, dijo la mujer. debe permanecer inmóvil en tal o cual posición para que el flujo no se vea interrumpido.

papá, como si hubiese escuchado con atención, comenzaría en lo sucesivo a mover su brazo con la rebeldía de un espíritu punk insospechado. con él yo nunca iba a tenerla fácil.

- si quieres que la cosa sea más rápida, lleva tú mismo la muestra hasta el laboratorio.
- está bien - dijo Iván, al tiempo que tomaba el pequeño tubo de ensayo
- ay, hazme un favor. aprovecha y súbeme todas éstas. son siete. le dices a la chica que manda a decir la doctora que te las reciba. le das este papel con la orden.


al caer la primera, me pregunté cuántas gotas habría en aquella bolsa de líquido, cuántas gotas habría en quinientos mililitros. traté estúpidamente de contarlas, pero al llegar a setecientas tres me rendí. a ritmo de una cada dos segundos, ¿cuántas gotas se necesitarían para vaciar la bolsa y el reloj? quise averiguar la cifra que determinaba mi tiempo y ubicación espacial y me entretuve formulando aquel problema matemático y existencial con rudimentarias ecuaciones mentales. repasé los datos una y otra vez y la respuesta fue siempre la misma, exacta e implacable: proporcional a los minutos restantes de estadía, la cantidad de gotas tendía al infinito. días más tarde, recordaría que, aunque todo ese tiempo estuve con Iván, nunca o casi nunca cruzamos palabra.

*
quisiera poder decir que aquellas dos horas transcurrieron sin novedad, que no pensé en nada y que descansé. quisiera. la verdad es que pensé en muchas cosas, más que todo en estupideces y personas. pensar es terrible para la salud. pensar es golpearse el ánimo contra una pared. y no hablo de "pensar en", de aplicar el raciocinio y discernimiento para encontrar soluciones a problemas puntuales, como salir de un pozo, ganar dinero o llegar a un sitio. hablo de "pensar". pensar como recreación ociosa, sin tema o rumbo definido, como esa gente que camina por caminar hasta que se pierde y entra en  pánico. no es de extrañar que esos que etiquetamos como grandes pensadores (en su mayoría), hayan terminado enloquecidos o trastornados y que, independientemente de si gozaron o no de longevidad, tuvieron vidas de mierda, acentuadas por la burla extemporánea del reconocimiento postmorten.
*

me pregunté cuántas gotas habría en aquella bolsa de líquido. cuántas gotas en quinientos mililitros, cuántas gotas debían caer para vaciar la bolsa y el reloj. y nunca supe. aún cuando siempre estuve pendiente de que el goteo fuese continuo y regular, en algún momento esa pequeñísima lluvia se detuvo. di golpecitos al tubo pero, aún cuando la bolsa estaba casi llena, había escampado de forma definitiva. la lluvia fuera de la ventana también amainaba. recurrí a un enfermero y evitando que fuese el gordo de antes, elegí a uno y coloqué mi mano sobre su hombro. el diagnóstico fue inmediato: la vía había sido mal colocada por la enfermera y la solución salina no había entrado al torrente sanguíneo por la vena. se había infiltrado, me dijo, al músculo del antebrazo izquierdo de Pedro que, entre su dolorosa mueca facial y la ficticia hipertrofia muscular del miembro, era más un símil de popeye que mi padre.

dicen que es una situación dolorosa pero gracias a dios, el derrotista gracias a dios, el cerebro de Pedro nunca se percató y fracasó en enviar las señales correspondientes a los receptores sensoriales. hagamos algo, dijo el asistente, vamos a preguntarle a la doctora si el paciente se puede ir o le colocamos la vía nuevamente. que no. dice la doctora que no es necesario, ya se la quitamos para que se pueda ir. pregunté por los resultados de la hematología y me dijo que a las dos. faltaban quince minutos. subí al laboratorio, piso 3, a buscar los resultados en lugar de esperar a que los bajasen. antes de que pudiese decir buenas noches (días), la chica en la ventanilla me dijo que, sin importar lo que me hubiesen dicho abajo, los resultados estarían listos a las dos. no antes. a las dos.

asentí, sin el menor ánimo de insistir en lo contrario. me retiré cuatro pasos hacia atrás y permanecí veinte minutos recostado a una pared, sin moverme en lo absoluto, como si temiese ahuyentar esa calma transitoria. como si se tratase de un cañón, un brazo salió con violencia por la porta sosteniendo un papel. los resultados. ondeé la bandera blanca del agradecimiento pero no recibí respuesta. el cañón simplemente volvió a su escotilla. al volver a la sala de emergencias, entregué cuentas a la doctora y ella las tradujo. muy bien, el conteo de eritrocitos del paciente ha aumentado, al igual que la hemoglobina y otras cosas más que aunque yo no entienda, son geniales para la salud.

este hombre se puede ir de aquí, dijo, no sin antes advertirme que papá debía realizarse algunos exámenes, incluyendo varias radiografías. al día siguiente, cuando mi hermana llevó al viejo a una clínica en la floresta, los rayos x arrojaron saldo de tres costillas rotas y la clavícula derecha fracturada en cuatro partes. las costillas sanan solas, la clavícula necesitaba una operación descrita como una intervención menor. pero eso lo sabríamos luego, no allí. mientras tanto, un enfermero vendría a retirar el catéter de la uretra de Pedro. le quitarían la vía del brazo y básicamente eso sería todo. recibí en mis manos los resultados de todos los exámenes practicados, la historia del paciente, récipes, y algunas recomendaciones médicas. papá podría, con mucha ayuda, ponerse nuevamente sus mugrientos bermudas mojados. era hora de devolver los juguetes prestados, de ubicar a Morillo y a Vargas, los paramédicos que trajeron a papá a este germinador de tristezas que es el hospital Miguel Pérez Carreño.

dejar una camilla de veinte mil bolívares y reclamar unas pertenencias de insignificante valor era la tarea. recorrí el edificio casi en su totalidad, quizás exagero, sin dar con el paradero de los rescatistas. fui y vine. vine y volví preguntando por ellos como quién busca a un mestizo en el caribe, sin señas particulares. en cuestión de cuarenta y cinco minutos, el resultado de mis pesquisas fue la rotunda nada. mi propensión a precipitar mis acciones, me hizo tomar la resolución de abandonar el hospital sin importar dónde quedase la costosa cama rodante. sin más prolegómenos a la huida, pedí a mi cuñado que buscase la camioneta. nos iríamos de allí de inmediato.

empujé la camilla hasta la entrada de emergencias, en donde me esperaba Iván con el motor en marcha. ya todo era cuestión de montar ese trasto inservible que era mi padre en el vehículo que nos llevaría a casa. a lo lejos, vi varias ambulancias estacionadas y decidí, como último recurso, echar un vistazo a ver si alguien sabía del paradero de Morillo o de Vargas. a decir verdad, caminé con la convicción de no encontrar nada. de hecho no recordaba nada de Morillo, excepto que era negro. sí, es algo horrible para decir pero nunca tuve tiempo de estudiar sus facciones. no había avanzado treinta metros cuando a mis espaldas la multitud se estremeció en alarma. al girar mi cuello sobre su eje, vi la camilla en donde segundos antes reposaba Pedro en posición totalmente vertical, mientras algunos corrían a socorrer a mi padre. 

confié a Iván la tarea de preparar al viejo para que, al volver yo, procediéramos a subirlo al vehículo. él fue arrimando a papá hasta una punta de la camilla, mas no contó con el efecto sube y baja que ejercería el peso al trasladarlo hacia un extremo del plano. corrí como hacía mucho no corría, intentando atajar aquel bulto en pleno descalabro y evitar que se prolongase nuestra permanencia allí. todo bajo control. no hubo daños extras. el piso estaba mojado y papá descalzo, así que antes de permitirle bajar de la camilla, sacudí sus pies y le coloqué las medias que recién me había sacado de los zapatos. abrir la puerta del carro y trasladar a Pedro. pan comido. me aseguré de que estuviese bien atado a su asiento y cerré con cuidado. 

eché a andar hacia la ambulancia hasta estar lo suficientemente cerca para descubrir a los dos paramédicos durmiendo dentro del vehículo. toqué el vidrio con los nudillos, con delicadeza al principio, con impaciencia la quinta vez. Morillo entreabrió los ojos y me hizo un gesto de camaradería en la despedida. mientras volvía a bajar las persianas, Morillo golpeó a Vargas en el hombro con el reverso de la mano. el segundo levantó un párpado y bajó el vidrio. tu camilla está allá. y las pertenencias de mi padre dónde, pregunté.

el zombie abrió la parte posterior de la ambulancia, revisó adentro y al salir extendió su mano derecha con un par de sandalias que tomé. también recibí una bolsa plástica de contenido indescifrable de donde manaba una extraña, oscura y viscosa bilis, como si sangrase o se muriera de arrechera. adentro, un sobre de encomiendas con el número telefónico al que Vargas llamó la tarde del día anterior. leí en él el nombre de la hija de la señora Margarita y, sin estudiar demasiado el caso, tiré la bolsa en un bote de basura. me dirigí a la camioneta, abrí la puerta delantera, la del copiloto, y le calcé las sandalias a papá. hizo amago de agradecer, pero cerró la boca, al tiempo que yo cerré la puerta y se quedó dormido.
 
a diferencia de las parábolas, al final no quedan enseñanzas ni redención. ni si quiera una epifanía cursi. al llegar a casa, nada cambió. papá entró a la sala con mi ayuda y también con mi ayuda se sentó en su sillón favorito, donde duerme desde hace años por problemas de espalda. a las 3:42am del 22 de julio de 2012, dio gracias al suelo, casi inaudible, mirándose las magulladuras en las rodillas. de nada, dije con el entusiasmo de quien simplemente completó su obligación lo mejor que pudo. fue la última vez que intercambiamos palabras.

nuevamente, adentro y afuera, comenzó a llover.

sábado, 8 de septiembre de 2012

la lluvia

X
finalmente, tras horas de desesperanza en la espera, nos dirigiríamos a traumatología. Vargas y yo, como compañeros de viaje recurrentes, ya sabíamos el papel que cada uno debía desempeñar para llegar a la sala donde suturarían la cabeza de Pedro. "tú hala, que yo empujo la camilla". una tímida y vaga alegría amenazaba con apropiarse del ánimo, el mío y el de él. pensar en la promesa de que ya casi saldríamos de allí, era tan elevador en el plano metafísico como demoledor en lo real. papá entreabrió los ojos y preguntó que si ya estaba todo listo, que si nos íbamos a casa. falta poco, tuve que mentir, no a él, sino a mí.

las marañas de pasillos a las que ya me había enfrentado antes en el subnivel 3 del hospital, mientras buscaba la unidad de radiología, se repetían calcadas en la planta baja del sanatorio. habían diferencias, eso sí. las paredes no estaban recubiertas con baldosas de cerámica y la iluminación no era mala sino nítida, clara como aquella luz prístina de la que, según cuentan, se originó el mundo. la luz no desvanecía, por el contrario, acentuaba esa sombra que cubre de miedo las cosas.

la roña no era efecto óptico, sino una real y fina película de mugre amarillenta que recubría todo. la claridad permitía mirar, ver, detallar los rastros de sangre en las paredes. el rojo sobre blanco trajo historias innumerables de gente malograda, de llantos y de vidas que fueron muertes. historias, todas ellas yaciendo en los poros del cemento, resistiendo la limpieza de productos abrasivos, historias renuentes a irse con un tozudo "no me olvides".

si papá hubiese estado consciente, ir con los pies por delante le hubiese causado escalofríos. dice la sapiencia popular de esa forma viajan los muertos pero Vargas me aseguró que, según su experiencia, de esa manera el paciente no se marea durante el traslado. cultura general. entramos a través de las puertas batientes y examiné rápidamente el pequeñísimo cuarto de no más de quince metros cuadrados. seis enfermeras en tertulia, tres camillas destartaladas, una de ellas ocupada por el sueño de un doctor de guardia y algunos equipos cuya función desconozco. dejé a pedro estacionado y salí sin que nadie me lo pidiera. moría de sed.

caminé un par de minutos, doblé dos veces a la derecha, una a la izquierda y me vi en un sitio exactamente igual al lugar de donde había partido. ante el temor de perderme nuevamente, regresé sobre mis pasos y decidí sentarme a esperar frente a la sala de traumatología. otra vez la sangre llamó mi atención. la mancha en la pared era rosa, como si llevase mucho tiempo desgastándose allí. era de esas que provienen del roce de algún cuerpo herido, en este caso una mano. se hallaba a medio metro de la puerta, y tres franjas se extendían hasta chocar con el marco, como si el portador se hubiese aferrado a él, cuando lo obligaban a entrar.

recordé una película de terror mediocre para adolescentes en donde el monstruo arrastra a la víctima hasta las fauces de la oscuridad mientras el actor grita líneas cursis y se retuerce de manera inverosímil. la escena me hizo cierta gracia, pero recordé que el monstruo verdadero probablemente era una persona con un bala y un cuchillo, que el paciente sintió dolor, que gritó y lloró, que luchó contra sus propios rescatistas y que talvez murió.

tenía mucha sed y óxido en la garganta. era una esponja inerte y seca, como es resto de las personas allí. mi vecino y su tos estruendosa, pulmones afuera, no aliviaban mi sensación. una madre desgastaba el suelo, yendo y viniendo mientras cargaba a su hijo en brazos, quien sobaba la parte posterior de su cabeza, acusando un golpe y cierto dolor. vomitó sobre el hombro de su madre en una parábola perfecta que logró aterrizar impecable en el suelo sin salpicar a la mujer. como era de esperarse, la madre sonó las alarmas y armó el más comprensible de los escándalos. un guardia de seguridad reaccionó inmediatamente y asiéndola del brazo la hizo pasar a una habitación que, supuse, era un consultorio.

el llanto de la mujer se detuvo con el cierre de la puerta detrás de sí. la tos del hombre a mi lado no. cerré los ojos y recosté mi cabeza en la pared, intentando descansar un poco, recuperar fuerzas, o al menos no malgastarlas. segundos, horas, meses después, cuando desperté, el vómito todavía estaba allí. un ladrido seco me sacudió y me puse nervioso, pues era de esas convulsiones violentas con carraspeos secos que huelen a virus. casi podía saborear la infección. me puse de pie y caminé como lo había hecho la madre.

en mi vaivén, al menos diez minutos después, tropecé con un par de jóvenes enfermeros que contrabandeaban alegría en sus rostros, como quien sabe que la hora más feliz es la hora de salida, o quizás, por el contrario, eran novatos que no habían tenido tiempo de desencantarse de su profesión. incluso evitar el charco de comida infantil que aún reposaba en el pasillo, se convertía en un acto mágico en el que los mozalbetes, tras el salto, aterrizaban de puntillas con la gracia de nijinsky. grand jeté impecable, bravísimo, ovación de pie.

no era una cuestión de maneras u hombría, aquello era más bien una cuestión de júbilo ingenuo y, quién sabe, felicidad. supuse que ellos, los enfermeros alegres, estaban allí por azar meticuloso. ellas y ellos, eran la anomalía sistemática que daba alguna clase de sentido a la maldad que me había, como a muchos otros, llevado allí. eso que a todos emociona y cuyo espíritu enaltece, pensé, no es más que el guiño socarrón de un dieu trompeur con un sentido del humor bastante peculiar.

al salir papá, esta vez con la cabeza por delante, Vargas me informó, nada impresionado, que fueron seis puntos de sutura. sin perder impulso, emprendimos el camino de vuelta a la sala de emergencias, en donde la doctora advirtió, no sin falso optimismo, que sólo una hematología nos separaba de la fuga. eran aproximadamente las once de la noche. nunca miré el reloj pero recuerdo a uno de los enfermeros en la sala de emergencias, el gordo, la diva, la mala educación, la soberbia; decir que a esa hora, en cualquier época del año, infaltable, alguna vaina pasaba.

yo acomodaba a papá, quien se quejaba de la espalda, mientras resollaba como un bisonte en colapso. sus efluvios de alcohol fermentado me subieron el mal sabor de boca que tiene la bilis en la tráquea.

cuando fue preguntado por su nombre, el baleado se defendió con cuatro sílabas: ze-ta-sán-chez. que cuál es tu nombre. que Z, como la letra. el joven había llegado minutos antes, sostenido por un par de policías pero utilizando sus propios pasos. estaba lleno de sangre, pero su vivacidad hacía sospechar que el líquido era de otra fuente. la doctora de siempre, la gochita, se acercó a auscultarlo y con calma preguntó cuál era el síntoma. Z se levantó la franela y dejó ver un impacto de bala en el costado izquierdo donde se supone que va el riñón. el tempo de la conversación aceleró súbitamente para atropellar las pausas. la cirujana cambió su tono por uno más agudo, mientras ella y varios más atendían al recién llegado.

- pero, carajo ¿están regalando balas?
- yo estoy bien, en serio. - con ojos gigantescos, desorbitados - deme un calmante, doctora, y yo me voy.
- vamos a sacarte la bala primero, mi cielo. ¿de dónde vienes?
- de caricuao
- ¿de dónde en caricuao?
- de san pablito

siguieron las preguntas, los policías atendían, uno de ellos anotaba en su libreta y los asistentes hacían su trabajo. apenas sintió la pequeña mano sobre su cuerpo, Z fue furia y pánico. insistía, gritaba que nada había ocurrido, que le dieran un calmante y él se iba, que lo dejaran tranquilo, que no quería llorar. los policías, los enfermeros, los asistentes, siete pares de brazos luchaban por restringir los movimientos de un hombre de no más de un metro setenta de estatura y quizás sesenta kilos de peso. no pudieron.

lo que vino luego fue uno de miles de episodios violentos en donde algún asistente recibe una patada en el pecho y la residente varios arañazos en la cara. “ahí está el de las once” dijo el enfermero gordo desde su silla, sin levantarse.
XI

sábado, 25 de agosto de 2012

la lluvia

IX
la sangre, como esputo de un pozo petrolero, oscura y abundante, se camuflaba en la tez negra que brillaba al contacto con la luz. como si aquel hombre estuviese hecho de vinilo. mientras escribo estas líneas, sus estremecedores alaridos retumban entre las paredes de mi cabeza y nuevamente siento escalofríos. ganas de llorar y un patético despliegue autoindulgente, al recordar cómo tres balas, una en el rostro y dos en el torso, convierten a un hombre en un niño asustado, asfixiado en pánico y a merced de todo aquello que no controla. recordé la fábula del león y la astilla. las tres astillas.

quise decir algo, no sé qué, pero sólo un suspiro seco salió de mi boca mientras comenzaba, de manera casi imperceptible, a temblar. la herida en la cara, un ojal de 7 centímetros bajo el pómulo izquierdo, se estiraba en cada inhalación. se abría y se cerraba como una branquia echa a medida, cincelada con el roce del proyectil.

un médico a quien no había visto hasta ese momento, introducía un delgado cable blanco por el conducto abierto por una de las balas desde el hombro. el enfermero que minutos antes había resuelto el problema urinario de Pedro, atajó mi mirada de asco: "es una vía para que respire, porque la bala perforó el pulmón. algo muy feo. impresionante que pueda gritar así". Wilson el fuerte nunca bajó la intensidad ni de sus gritos, ni de la violencia de sus movimientos. logró acabar con la paciencia de la doctora, quien llegó al punto de zarandearlo y propinarle un par de cachetadas. cuando se dio cuenta de que no sentía sus piernas, Wilson Meza comenzó a llorar y exclamaba al mundo el por qué de sus lágrimas.

"¡dios mío! ¡no siento mis piernas, dios mío! ¡ay, dios mío, por qué!" fue el mantra que repitió hasta siempre. era una escena capaz de fracturar al carácter más fuerte. al mío, como era de esperarse, no sólo lo destrozó sino que quemó todo desde los cimientos para que nada más pudiera retoñar en aquella porción de mi alma.

una mujer canela lloraba a mi lado. la minifalda floreada y diminuta envolvía las nalgas que coronaban sus torneadas piernas y una blusa blanca, hasta las costillas, dejaba ver el abdomen apenas falto de tonicidad. de pelo ensortijado y con rasgos muy apetecibles, observaba el espectáculo, apretando en un puño un trapo ensangrentado y ostentando una lágrima petrificada en la mejilla. la expresión de su rostro era la de una de esas máscaras de demonios japoneses, la de hanya. nunca cambió hasta que un asistente se acercó al puesto de enfermeros cargando en sus manos los objetos personales de la bestia. "yo soy su pareja, démelos a mí", rompió el mutismo.

- ¿es usted la esposa o familiar?
- no, pero yo soy su mujer. yo estaba bailando con él.

tras escuchar una breve explicación de por qué era imposible que le entregasen las pertenencias del paciente, por no ser su familiar directo, la mujer abandonó la sala con un gesto de fastidio, contrariada, mientras el enfermero procedía a meter en una bolsa el inventario de objetos que incluía un iphone 4S, un reloj metálico de aspecto caro, un manojo de llaves, un paquete de cigarrillos y una pequeña fortuna en billetes de cien.

Vargas, quien se había acercado a colaborar con el herido, o eso creía yo, volvió a pararse a mi lado con una mueca de decepción, parecida a la que recién había dejado tirada la pareja de baile del baleado. "por un pelo no coroné. estuve muy lento", aceptó y no entendí.

- cuando llegan esos tipos así, esos que uno sabe que tienen dinero encima, todos se ponen las pilas a ver quien saca la tajada. si no es porque hoy el enfermero se adelantó, tuviera yo esos reales. el truco está en manejar los ángulos, sabes. que nadie te vea mucho rato cerca del herido. si son joyas grandes, o relojes, hay que sacárselos en la ambulancia. hay que quedarse con cosas pequeñas que nadie logre detallar. los anillos, por ejemplo. los teléfonos celulares no son recomendables porque los bloquean. el otro día, llegó un tipo así como éste y tenía como dos mil bolívares encima. con eso resolví la quincena y hasta llevé a la jeva a la playa.

mi cara debió haber sido un poema de baudelaire, pues el paramédico sintió la necesidad de justificarse: "hay que rebuscarse, hermano. la situación está dura". recordé que al revisar el bermuda de papá, sólo encontré las llaves de la casa, las tarjetas de crédito y no el dinero en efectivo que siempre lleva en el bolsillo izquierdo para eventualidades. miré a Vargas con una mezcla de miedo y resignación, como se mira al carroñero en la sabana, como miro a los agentes cada vez que reduzco la velocidad y bajo el vidrio de la ventana, mientras atravieso una alcabala policial. sonreí nervioso.

cuando finalmente arribó la esposa de Meza, la legal ignoró a una enfermera que pretendía explicarle los pasos a seguir para retirar ciertos artículos de su esposo. ni siquiera preguntó por las pertenencias. se dirigió a la camilla en donde Wilson se quejaba y acusaba una paraplejia que, como testigo, yo nunca llegaría a confirmar. la negra, una señora con evidente sobrepeso y cara de fatiga crónica, con parsimonia y calma limpiaba la sangre del cuello de su marido. no economizó en palabras de aliento y consolación. que ya vamos a salir de esto, mi negro, que los dos juntos, que todo va a estar bien.

"pobre cornuda ignorante", pensé con soberbia.

el neurocirujano llegó. era el mismo médico a quien había visto introducir la vía hasta el pulmón de Meza. examinó la papá, o ese remedo de él, para descartar daño cerebral. le preguntó dónde estaba, qué día era, qué le había pasado, dónde vivía y mil cuestiones más, alineadas en un larguísimo etcétera. papá mostró buen humor, como suele ocurrir cuando habla con extraños.

- ¿qué estabas haciendo, Pedro?
- tomándome unas cervecitas
- ¿cuántas te tomaste, Pedro?
- creo que dos.
- yo creo que todas, Pedro. -se volteó hacia mí- este hombre está bien. bastante ebrio, deshidratado, pero neurológicamente bien.
- mentira. yo vivo con él, es un loco de mierda -pensé-.
- llévelo a que le suturen la herida en la cabeza, lo trae nuevamente para ponerle hidratación y puedan irse a casa.

de no ser porque sabía que todo cuanto había ocurrido aquel día no era sino una grosera derrota y que probablemente algún tiempo más estaríamos allí, habría cantado victoria.
X

lunes, 20 de agosto de 2012

la lluvia

VIII
había perdido la noción del tiempo y no recordaba la última vez que había visto a Vargas o a Morillo. pregunté a un enfermero de ojos pesadísimos. era de esa gente que mira de reojo aún estando de frente, como con displicencia, si existía la posibilidad de que los paramédicos que trajeron a papá hubiesen abandonado el hospital. "no, niño. -dijo alargando la primera sílaba hasta convertirla en un chirrido grotesco que daba paso, juntas, a la Ñ y la O- con lo que gano yo en cuatro meses, no me compro esa vaina, no se tú. si esa camilla se pierde, la tienen que pagar ellos. con decirte que primero dejan al herido, antes que a la camilla. es hasta preferible explicar por qué se murió alguien que pagar esa cantidad de plata".

su risa fingida me generó alguna nausea, nada grave. la cruda verdad tras ella me revolvió un tanto más el estómago. luego de sacar algunas cuentas mentales, estimando que un enfermero ganase en promedio 5.000 bolívares al mes, entendí que aquel aparato era más un vehículo que una cama. agradecí la infomación sin despegar nunca la mano del hombro ensangrentado de papá.

aproveché nuevamente para observar aquella parihuela ataviada de palancas y barras metálicas. las  texturas que creaba la sangre seca sobre el delgado colchón eran perturbadoramente hermosas, como fractales. seguí con la vista mi dedo mientras recorría los diferentes caminos vinotinto a través del acolchado plástico. al percatarme de la humedad del mismo, me apresuré a retirar los exámenes que había puesto bajo la colchoneta, no sin salpicarme de un líquido oscuro, amarillento y turbio. era de esperarse: el catéter, previamente maltratado por Pedro, tenía una fuga y nuevamente mi padre se había meado en mí, por decirlo de alguna manera. debo reconocer que la tarea de escurrir unas hojas de papel, sin más utensilio que mis manos y la tela de mis pantalones, me distrajo un poco de todo aquello que me rodeaba.

al darme cuenta de que la bolsa al extremo del catéter rebozaba de líquido, supuse que pedir ayuda era la norma, pero no. para el enfermero, el gordito, toda una reina de la mala actitud, la petición fue, talvez, una declaración de guerra. sin mirarme, me informó que no contaban con bolsas para cambiar la usada y que debía vaciarla yo. señaló la puerta del baño y me ordenó buscar un recipiente. respiré profundo: metal y orine en mi nariz. revisé durante algunos minutos, a costa de un paciente que me había cedido el turno en el cuarto de baño. nada. me dirigí nuevamente a aquel hombre, quien se antojaba tan señorial como una boa de plumas, para encontrarme con una bofetada en tres palabras: "entonces no sé".

uno de los enferemeros de mayor rango, o por lo menos antigüedad, que había estado observando aquella conversación se dirigió hacia mí cuando notó que yo apretaba el puño y me preparaba para decir un par de verdades a la madame. me tomó del brazo con gentileza y me preguntó cuál era el problema. le dije que mi viejo estaba lleno de meados y que su colega no me estaba facilitando nada jugando a la malvada de las novelas mexicanas. el señor deformó su bigote cano en una sonrisa y me dijo que sí habían y que me buscaría una bolsa. con total maestría y en cuestión de segundos, logró cambiar el depósito del catéter y tiró a la basura aquella otra bolsa inmensa que parecía llena de un tecito de esos que tanto aborrezco. agradecí con humildad y una improvisada reverencia. miré de soslayo al gordo y creo haberle dicho, en voz muy baja, hijo de puta.

aquel episodio de refacción me impidió darme cuenta de los gritos que se escuchaban desde hacía algunos minutos. esta vez no venían de un paciente malherido o de algún familiar desesperado. se trataba de una mujer policía que sin el uniforme, tres tallas más pequeño, pasaría por una doña cualquiera, de esas que va por las tardes a la panadería a comentar el último chismecito con la excusa de comprar pan. con vehemencia brutal, interrogaba a un joven como si de su respuesta dependiera el destino de la humanidad. su desazón no pudo ser mayor ante la poca colaboración de aquel veinteañero, mototaxista y residente de la zona.

- ¡dime quién te dio el tiro, pues! si tú crees que no te van a rematar porque conoces a medio mundo, estás muy equivocado. los he visto como tú, más guapos y valientes, y al final toditos se acuestan. - por efecto de las balas, intuí - y ese tiro que tienes te va a dejar cojo, oíste. ¿cuándo has visto a un cojo respetado, ah? dime, anda. ¡ya no eres nadie! al menos sálvate y dime quién fue.

el casi rengo, adolorido y con una mano en el glúteo, no dijo nada.

la mujerona se apartó y lo desahució con un gesto de resignación. "tú verás", se despidió. allí quedaron tres oficiales de la policía nacional haciendo sus propias e infructuosas indagaciones. el rengo nunca abrió la boca. estaba ido, pensando en otra cosa que no atiné a descubrir si se trataba de la bala que tenía en el cuerpo, o si de ahora en adelante iba a poder cambiar las velocidades de su moto con normalidad. "el quirófano está listo, vamos". dos enfermeras y un policía escoltaron al mudo fuera de la sala.

Vargas se hallaba parado a mi lado. no lo había visto llegar. preguntó cómo iba todo y le dije que igual, que el neurocirujano estaba perdido en acción. chasqueó los dientes con hastío y encorvó la espalda mientras introducía sus manos dentro de los bolsillos del pantalón. sin nada mejor que hacer, se quedó allí conmigo. pregunté por Morillo y me dijo que dormía en la ambulancia, que estaban (de turno) redoblados y que desde hacía dos días no dormían arropados y en sus camas. Vargas me confesó que a veces era mejor, porque a su novia le gustaba salir a pasear y hacer cosas juntos. "yo lo que llego es a la casa con ganas de dormir y la jeva lo que quiere es que si cariñito y que si vamos al cine y que si vamos a bailar. una ladilla". puse mi mejor cara de colega y pretendí entenderlo. "una ladilla", agregué con un pincel.

interrumpiendo un silencio de no más de cuarenta segundos, el agente de seguridad hizo lo acostumbrado. despertó a los familiares que dormían en el suelo, junto a las camas, y los conminó a salir del cuarto. con el pie, incluso, se atrevió a remover a una señora de sueño pesado. "vamos, doñita, no se puede quedar ahí". un nuevo baleado llegaría al sitio. se trataba de un hombre negro, altísimo aún estando acostado, de contextura gruesa y un abdomen abultado como el de un jugador de softbol de fin de semana. a éste lo cargaban entre seis y pesaba media tonelada a juzgar por el terrible esfuerzo de los socorristas.

las preguntas ¿cómo te llamas?, ¿sabes dónde estás?, ¿qué te pasó? encontraron como respuesta unitaria rugidos terribles, que salían desde lo más oscuro de su garganta, como orcos desde mordor. la voz era distorsionada y grave como su estado físico. entre varias personas lograban dominarlo a ratos para luego sucumbir a la fuerza bruta de aquella bestia herida. tras inmovilizar la cabeza gigante rasurada al rape, con una suerte de llave grecoromana, la enjuta doctora, la gocha, logró al fin una respuesta inteligible. wilson meza.
IX

domingo, 12 de agosto de 2012

la lluvia

VII
mientras el personal de limpieza extinguía el charco de sangre, me volví hacia papá para comprobar si el episodio lo había exaltado de alguna manera. ni se enteró. miré a Iván, quien claramente estaba conmovido con la escena. "mierda, miguelito. vámonos. nos llevamos a tu papá de acá para una clínica o algo. Carola - mi prima, cirujana - está en saludchacao". era imposible que aquel cadaver se hallase tan pronto en descomposición, pero el olor a muerto y la conmoción, me hicieron ver aquella como una buena idea. la otra opción era la de esperar por un médico que probablemente nunca aparecería. me dirigí a la residente de turno y planteé mi inquietud.

- hay que esperar a que el neurocirujano le dé el alta. también estamos a la espera de una segunda hematología para descartar complicaciones, debido a que el paciente no colabora y no sabemos cómo se produjeron las lesiones.
- ya. pero igualmente podría llevarme a mi papá de acá, ¿verdad?
- lo haría contra opinión médica. tendría que dejar todos los resultados de los exámenes practicados y, lo que realmente le complicaría las cosas a usted, si el paciente muere o le pasa algo, sería total y exclusiva responsabilidad suya.

¿muere o le pasa algo?, me pregunté. ¿qué es algo?

con un gesto realmente humano y despojándose de esa coraza que debe vestir bajo el uniforme, colocó su mano sobre mi hombro y sonrió. "ya el doctor debe venir. no se desespere, que lo peor ya pasó". imaginé un escenario en el que papá, fanático de complicarme la existencia, se moría en el trayecto a otra parte. le di golpes en el pecho, inicié compresiones tal como lo hacen en las películas, le limpié la saliva seca de la boca y, con profundo asco, coloqué mi boca sobre la suya para darle respiración, mientras luchaba contra las arcadas que me producían el hedor del alcohol y la sangre. luego rompí en llanto furioso y lo maldije. lo golpeé mil veces más y lo maldije. él permaneció muerto, triunfal, victorioso. volví a la sala de donde nunca salí, miré a Pedro en su camilla y desistí del plan de llevármelo con su vida en un pagaré. asentí aliviado a la petición de la joven médico.

noté que era gocha, de esa gente que sin importar cuántos años pase en otro lugar, no pierde jamás su acento andino. su tez morena y el cabello liso amarrado en un moño mal hecho, le daban cierto aire a calcuta. contrariamente a lo que había supuesto, tenía una sonrisa linda y llena de calma. sus ojos, oscurísimos, brillantes, parecían confeccionados a medida para la ocasión. combinaban de manera magistral con las ojeras negro mate que chorreaban casi hasta los pómulos, acusando las noches sin dormir. cuando iba a preguntar su nombre, entró intempestivamente a la sala Gustavo González.

el señor González, al parecer, era un hombre importante y de poco verbo. entró escoltado por cuatro hombres de negro, en cuyas espaldas podía leerse "brigada motorizada", y sin mediar palabra permaneció en el suelo hasta ser atendido. apenas su camilla, improvisada de una tabla de madera, fue depositada en el centro de la sala, todos dejaron lo que hacían para desmedirse en cuidados hacia aquel hombre, prioridad de todos los demás. cuando pregunté quién era aquella persona tan importante, me dijeron que tenía el altísimo cargo de apuñalado múltiple. pude escuchar de los presentes que el cuchillo había entrado por lo menos seis veces. nuevamente el agente de seguridad de la sala procedió a desalojar el recinto, pero esta vez puso poco empeño en sacar a Iván y a mí ni siquiera me tomó en cuenta. vi en silencio el piso llenarse de rojo nuevamente.

se hizo lo posible para contener la hemorragia y reparar lo que se pudo. su estancia fue breve. imaginé que aquel señor tendría una agenda muy apretada y que su reunión en el quirófano no podría esperar. apenas hubo abandonado la sala, esta vez sobre ruedas, el tiempo comenzó a andar nuevamente. incluso el resto de los pacientes retomaron las quejas y dolores puestos en pausa. eran las 9 y 25 de la noche según el reloj de papá, que desde hacía un buen rato, y sin recordar la razón, llevaba en mi muñeca. también era hora de joder en punto. papá preguntó por sus bermudas e hizo amago de saltar de la camilla. casi sin esfuerzo, y como de costumbre, emasculé sus intentos. mi cuñado ya no estaba.

en el breve instante en que logró separar su espalda de la colchoneta, noté la cantidad de sangre que el viejo había perdido, asombrado, como quien observa la parte del iceberg que se oculta bajo el agua. recordé que en ocasiones he llegado al punto de casi perder el conocimiento por mi miedo irracional a la melaza que me inunda por dentro. siempre me ha impresionado mucho la sangre, pero algo en ese charco era distinto. era sangre negra, casi sólida, como si un nuevo ser tratase de materializarse en meiosis. tomé un pequeño coágulo y lo sostuve entre el índice y el pulgar. lo examiné, lo acerqué a mi nariz y cerré los ojos. sentí frío. hierro.

por segunda vez me quebré. Iván había salido a llamar a Mary para reconfortarla y decirle las mentiras del caso. ella le contaba a mamá, quien a su vez mantenía informado a Manuelito, mi hermano. todos estaban conectados de alguna manera. amigos y familiares llamaban o enviaban mensajes con los mejores deseos y aprovechaban para ponerse a la orden para lo que necesitásemos.

y me vi solo. en mi enorme egoísmo, me vi solo. sin nadie a quien llamar para mortificar, sin nadie que llamase a preguntar cómo estaba yo y no mi padre. puede parecer extraño pero viendo aquel reloj me sentí como esa partícula, ese engranaje suelto que siempre suena al agitar la muñeca y cuya razón uno ignora. esa pieza que aún fuera de sitio no afecta el funcionamiento del aparato. esa pieza, esa cosa que no encajaba en todo esto, era yo.

"herido de bala. por favor, todos los familiares despejen la sala". pero yo me podía quedar.

lunes, 6 de agosto de 2012

la lluvia

VI
con una leve inflamación de los párpados y ese rímel invisible que es la tristeza recorriendo el contorno de mi cara, respondí al vigilante: "sí, hermano, todo bien. gracias". el guardia asintió como si temiese quebrar algo en algún movimiento. con cautela esperó alguna palabra más. al tiempo que me estrujaba los ojos con una de las mangas del suéter, pregunté por agua.

*
no había comido nada desde las diez de la mañana, antes de salir de casa rumbo a los palos grandes a visitar el mercadito de los sábados. allí unos amigos tienen un puesto en donde venden libretas de papel reciclado muy bonitas. compré cuatro, aunque con una hubiese bastado. recuerdo haber estado a punto de despedirme, cuando no sé por qué razón decidí quedarme a esperar la lluvia. ignoro si se trataba de truenos o era el rugir de la jauría que desde el cielo vendría a modernos la piel. 

nos refugiamos bajo el toldo mientras veíamos el agua correr bajo los pies, en un riachuelo que pronto se convirtió en caudal de considerable potencia. con los pies envueltos en la cataplasma de algodón y barro que eran mis medias, y ahogado por la humedad, decidí salir a bailar en la lluvia. bailé y entoné alguna estúpida canción mientras el público me miraba sonriente, como recordando sus propias danzas infantiles. ellos, no yo, eran un espectáculo melancólico y triste de ojos moribundos. 

una vez me hube marchado, tras ayudar a recoger el toldo, la mesa y un par de cajas llenas de mercancía, me supe empapado. bajé por la boca del metro y sentí a la ciudad llamarme de vuelta. presentí una maldad próxima, algo de eso que llaman pálpito o presentimiento. supuse que eran los primeros síntomas de la gripe instantánea. me puse los audífonos y abordé el tren. fue un viaje breve. llegué a casa, tomé una ducha de veinte, treinta minutos quizás y justo cuando me preparaba algo para almorzar, recibí la llamada que habría de dar inicio a mi participación en esta historia.
 *

eran al rededor de las nueve de la noche. pregunté si sabría dónde hay un bebedero o alguna maquina expendedora de agua. no de jugo, no de refresco, de agua. el vigilante negó con el semblante derrotado de quien se acostumbra a la carencia. me pregunté si algún día yo desarrollaría aquella expresión y no supe contestarme.

- No, compa. aquí no hay, tiene que salir a comprar en la máquina que está al doblar la esquina. el problema es que lo dejen entrar de nuevo.
- ni hablar, ni de vaina. no puedo salir. tengo que estar pendiente a que llegue el doctor.
- pero si quiere le hago el favorcito. usted me da un potecito y yo se lo lleno. es para usted o para el paciente?
- ambos. no tengo pote.
- no se preocupe. yo le lleno una botella de plástico, de las grandes y si quiere después me ayuda con algo.

aquel episodio me llevó a darme cuenta de que estaba jodido. en algún nivel introspectivo estoy, presente, jodido. la insistencia en la buena acción de aquel hombre cuya edad rondaba los cincuenta años, me hizo dudar, desconfiar y, ulteriormente, advertir alguna trampa.

incluso llegué a pensar en algún cartel clandestino de tráfico de agua potable traída desde una locación indeterminada y revendida a precios petroleros. con un ademán amable y miserable, de esos que hace la gente a los que limpian parabrisas en los semáforos, le dije que no se preocupara. no faltaba mucho para salir del hospital, agregué. "no se preocupe. por acá estamos". mientras se alejaba, me sentí avergonzado. no digo que siempre haya visto al prójimo con demasiada simpatía pero recientemente, y por razones que no vienen al caso, he tenido algunas dificultades para confiar en la gente y otras cosas. sé que alguna conexión, algo en mí, se quebró quién sabe cuándo.

jodido, volví a la sala sin noticias y vi a papá envuelto en el suéter de Iván. yo conservaba el mío y Pedro ya no temblaba de frío. Mi cuñado preguntó si no sabía nada nuevo. no. miré su suéter sobre papá con envidia secreta y no sé aún si admiraba aquel abrigo impecable de los medias rojas o recordaba el desplante de mi padre minutos atrás. siempre he sabido que el requisito único e imprescindible que se debe poseer para recibir el favor de Pedro es no ser familia suya. nunca advertí hasta ese momento que para pedir ayuda las mismas calificaciones aplicaban. cosas del viejo.

advertí que la sala estaba repleta de gente uniformada y no adiviné curanderos entre tantos policías. un agente de seguridad del hospital, con la calma y el aplomo de un acomodador de cine al final de la función, desalojaba a los familiares en vigilia de la sala de emergencias. antes de tener oportunidad de inventar alguna excusa por la cual yo debía permanecer allí, alguien detrás de mí me apartó de un manotazo. una estela de sangre y el sonido de las botas de los paramédicos me rebasó por la izquierda. postrado en el puesto de enfermería reconocí nuevamente el olor a óxido férrico corroyendo mis amplísimos conductos nasales. "¡herido de bala! ¡permiso, un tirotiao!"

sería el primero. no supe su nombre, no tenía. entró desnudo de ropas y de conciencia. un par de hilos oscurísimos salían desde un agujero ubicado justo debajo de su clavícula derecha para convertirse en edredón sobre la camilla. los ojos blancos sin iris ni pupila, y mi temible agudeza para lo inapropiado, me hicieron recordar aquellos titulares de prensa que advertían de ladrones que despojaban a las víctimas de sus córneas para venderlas. un segundo hoyo a nivel de la boca de su estómago selló cualquier atisbo de hambre dentro del mío.

aquel hombre de veintitantos años vestía una piel curtida a moretones. la aleatoriedad de sus espasmos musculares imitaba a la perfección el dolor de los que aún no mueren pero quisieran.  sudaba, incluso, y exageraba la salivación. aquel brillante actor logró engañar a todos. de no ser por su inhabilidad para respirar habría burlado incluso a doctores y enfermeros. tres palabras vinieron a desbaratar un mito: "éste llegó muerto". resulta que si los difuntos disimulan lo suficientemente bien, pueden ingresar en emergencias como si estuvieran vivos.