domingo, 3 de marzo de 2013
sábado, 2 de marzo de 2013
retórica
- ¿será que la política nos va a matar? digo, no literalmente. me refiero como al alma, sabes. no quiero crecer sintiéndome resentida y amargada por un peo político.
- ¿y por qué te dio por pensar eso?
- no sé, pero es chimbo, pues.
hablábamos de política, de lo jodido que anda todo y de cómo las calamidades se repiten a sí mismas como fractales. hablábamos de otro largo día en la oficina, del coordinador tal que es un torpe, del gerente cual que no sabe lo que hace y de nuestras pequeñas pero significativas venganzas contra el sistema: de cómo nos tomamos 15 ó quizás 30 minutos más de la hora de almuerzo, para disfrutar de una conversa (yo), un café (él) y un ponquecito (ella). ah, sí. eva también venía con nosotros.
seguimos avanzando hasta llegar a la pequeña zona transfor, donde las mujeres son hombres y los hombres son bestias. allí, cómo es costumbre, el semáforo y la curiosidad de los conductores, el clásico "yo no soy marico, pero mírale las tetas a esa bicha... o bicho, no sé. pero yo no soy marico", generó ese tráfico lento que, a medida que te acerca a casa, más se mueve como un elefante moribundo.
habían tres carros entre nosotros y el semáforo que justo maduraba de verde a amarillo. vamos, muévans... demasiado tarde. rojo. en su larga agonía, el paquidermo finalmente se murió. fue allí cuando pasó lo que mil veces antes ocurrió y mil veces más volverá suceder.
al lado, en el canal que sube en sentido contrario, mirando el camino que recién habíamos recorrido, se encontraba un buick negro. viejo, hecho mierda. estaba detenido y con el motor en marcha como si alguna transacción clandestina se estuviese llevando a cabo. nada muy fuera de lo común. en la butaca delantera de una sola pieza, logramos observar a un hombre gordo, moreno, vestido de blanco, sentado al lado del piloto. la nave ostentaba un cartel amarillento en el que se leía la palabra taxi. tanto el hombre gordo como el taxista miraban hacia adelante como ignorando a la extraña criatura forrada en escarcha y carmín de la acera.
de haber contado con un par de segundos más, quizás hubiese podido razonar que aquella negociación la dirigía un segundo pasajero desde el asiento trasero. pero antes de que pudiese llegar a la evidente conclusión, la puerta derecha trasera del buick se abrió dando a luz a un matón flaco, con el odio en los ojos y la violencia en las manos.
en un salto casi felino, el flaco acorraló a aquel gladiador del sexo por encargo y lo agarró a coñazos. en su mano, un cuchillo imaginario se hundió dos, tres, cuarenta veces en el abdomen del travesti. un par de bofetones y algún rodillazo hicieron desplomar a la beldad. su elegante stiletto derecho, quizás el izquierdo, sucumbió al temblor de sus tobillos, arrastrando al abismo a aquella mujer de hombros anchos. de rodillas, y con la dignidad desparramada sobre el piso, aceptó cada una de las arremetidas del pie derecho del matón.
la dejó tomar aire y dos nuevos puntapies. la mujerona ya no gritaba, no podía. sin más fuerza ni dolor por entregar, fue despojada de su cartera, no sin antes ofrecer la resistencia de un alambre de cobre. el matón se alejó pero regresó a firmar orgulloso su obra. un par de coñazos después, subió al vehículo y tiró la puerta. en mi habitación del pánico, finalmente pude moverme, cerrar la boca y decir "mierda".
- ¿y qué hacía la gente? ¿alguien se paró?
los carajos arrancaron sin prisa, sin mirar atrás, dejando la urgencia para otra ocasión. ni yo, ni carlos, ni eva, nadie hizo nada. el semáforo cambió a verde y carlos aceleró. aún cuando nunca subió al carro, aquel varón de los tacones fue nuestro pasajero el resto del viaje. no hablo de las tres de la madrugada, de un desolado callejón en el rincón más inhóspito del oeste de la ciudad. eran las siete de la noche, en una concurrida calle, a escasos metros de plaza venezuela, de su tránsito peatonal y el rugido de sus carros.
como nota aparte, más adelante, presenciamos la típica escena del carro que cambia de canal en una cola y el motorizado que le manotea el retrovisor por el imperdonable crimen de hacerle disminuir la velocidad. algo positivo, si lo hay, es que detrás de la serpiente (como leí en un libro de héctor torres), venía un hombre-en-moto. y digo hombre-en-moto y no motorizado, porque el primero es un ser humano que se transporta en un vehículo automotor de dos ruedas, mientras que el segundo es una república autónoma que fabrica su propia ley. es una fuerza indetenible de la naturaleza que destruye sin ofrecer más disculpas que las de un ciclón a los poblados que arrasa. luego de haber visto lo ocurrido, el hombre-en-moto se detuvo a colocar el espejo en su lugar. "gracias, chamo", dijo alguien.
al mirar por el retrovisor aquel encuentro del travesti con puños desconocidos, me siento muy mal por no haber hecho un esfuerzo. por insignificante que pudiera parecer, un grito, una piedra, un cornetazo, hubieran podido corregir la situación. no lo sé. aún peor me siento al tener la certeza de lo que hubiese ocurrido de haber intentado algo estúpido. pero lo que me hace sentir realmente miserable, es que ese sentido de autopreservación ha terminado convirtiéndome en eso que dicen que es el hombre: un animal de costumbres. y así, me acostumbré a bajar la cabeza para que el matón no me extienda su cortesía. me acostumbré a no responder al ataque verbal de un oficial de la ley y el orden, a obedecer cuando el motorizado y su corneta me ordenan no cambiar de canal. a aceptar que esto se lo llevó quien lo trajo y que esto se cuenta y no se cree. me acostumbré a volver a casa para alejarme del lugar donde vivo.
- entonces no, reina. no es la política. donde tú y yo vivimos, lo que nos mata el alma y la vida siempre ha sido y será el prójimo. y éste soy yo respondiendo a tu pregunta.
- ¿y por qué te dio por pensar eso?
- no sé, pero es chimbo, pues.
hoy vi algo muy, muy feo viniendo a casa. carlos me trajo. agarramos la cota mil y la vía estaba totalmente despejada. el paseo fue una delicia. bajamos por la florida como siempre y luego
atravesamos la andrés bello para llegar a la libertador, por la callecita cuyas aceras se reparten guardias nacionales y putas gordas.
hablábamos de política, de lo jodido que anda todo y de cómo las calamidades se repiten a sí mismas como fractales. hablábamos de otro largo día en la oficina, del coordinador tal que es un torpe, del gerente cual que no sabe lo que hace y de nuestras pequeñas pero significativas venganzas contra el sistema: de cómo nos tomamos 15 ó quizás 30 minutos más de la hora de almuerzo, para disfrutar de una conversa (yo), un café (él) y un ponquecito (ella). ah, sí. eva también venía con nosotros.
seguimos avanzando hasta llegar a la pequeña zona transfor, donde las mujeres son hombres y los hombres son bestias. allí, cómo es costumbre, el semáforo y la curiosidad de los conductores, el clásico "yo no soy marico, pero mírale las tetas a esa bicha... o bicho, no sé. pero yo no soy marico", generó ese tráfico lento que, a medida que te acerca a casa, más se mueve como un elefante moribundo.
habían tres carros entre nosotros y el semáforo que justo maduraba de verde a amarillo. vamos, muévans... demasiado tarde. rojo. en su larga agonía, el paquidermo finalmente se murió. fue allí cuando pasó lo que mil veces antes ocurrió y mil veces más volverá suceder.
al lado, en el canal que sube en sentido contrario, mirando el camino que recién habíamos recorrido, se encontraba un buick negro. viejo, hecho mierda. estaba detenido y con el motor en marcha como si alguna transacción clandestina se estuviese llevando a cabo. nada muy fuera de lo común. en la butaca delantera de una sola pieza, logramos observar a un hombre gordo, moreno, vestido de blanco, sentado al lado del piloto. la nave ostentaba un cartel amarillento en el que se leía la palabra taxi. tanto el hombre gordo como el taxista miraban hacia adelante como ignorando a la extraña criatura forrada en escarcha y carmín de la acera.
de haber contado con un par de segundos más, quizás hubiese podido razonar que aquella negociación la dirigía un segundo pasajero desde el asiento trasero. pero antes de que pudiese llegar a la evidente conclusión, la puerta derecha trasera del buick se abrió dando a luz a un matón flaco, con el odio en los ojos y la violencia en las manos.
en un salto casi felino, el flaco acorraló a aquel gladiador del sexo por encargo y lo agarró a coñazos. en su mano, un cuchillo imaginario se hundió dos, tres, cuarenta veces en el abdomen del travesti. un par de bofetones y algún rodillazo hicieron desplomar a la beldad. su elegante stiletto derecho, quizás el izquierdo, sucumbió al temblor de sus tobillos, arrastrando al abismo a aquella mujer de hombros anchos. de rodillas, y con la dignidad desparramada sobre el piso, aceptó cada una de las arremetidas del pie derecho del matón.
la dejó tomar aire y dos nuevos puntapies. la mujerona ya no gritaba, no podía. sin más fuerza ni dolor por entregar, fue despojada de su cartera, no sin antes ofrecer la resistencia de un alambre de cobre. el matón se alejó pero regresó a firmar orgulloso su obra. un par de coñazos después, subió al vehículo y tiró la puerta. en mi habitación del pánico, finalmente pude moverme, cerrar la boca y decir "mierda".
- ¿y qué hacía la gente? ¿alguien se paró?
los carajos arrancaron sin prisa, sin mirar atrás, dejando la urgencia para otra ocasión. ni yo, ni carlos, ni eva, nadie hizo nada. el semáforo cambió a verde y carlos aceleró. aún cuando nunca subió al carro, aquel varón de los tacones fue nuestro pasajero el resto del viaje. no hablo de las tres de la madrugada, de un desolado callejón en el rincón más inhóspito del oeste de la ciudad. eran las siete de la noche, en una concurrida calle, a escasos metros de plaza venezuela, de su tránsito peatonal y el rugido de sus carros.
como nota aparte, más adelante, presenciamos la típica escena del carro que cambia de canal en una cola y el motorizado que le manotea el retrovisor por el imperdonable crimen de hacerle disminuir la velocidad. algo positivo, si lo hay, es que detrás de la serpiente (como leí en un libro de héctor torres), venía un hombre-en-moto. y digo hombre-en-moto y no motorizado, porque el primero es un ser humano que se transporta en un vehículo automotor de dos ruedas, mientras que el segundo es una república autónoma que fabrica su propia ley. es una fuerza indetenible de la naturaleza que destruye sin ofrecer más disculpas que las de un ciclón a los poblados que arrasa. luego de haber visto lo ocurrido, el hombre-en-moto se detuvo a colocar el espejo en su lugar. "gracias, chamo", dijo alguien.
al mirar por el retrovisor aquel encuentro del travesti con puños desconocidos, me siento muy mal por no haber hecho un esfuerzo. por insignificante que pudiera parecer, un grito, una piedra, un cornetazo, hubieran podido corregir la situación. no lo sé. aún peor me siento al tener la certeza de lo que hubiese ocurrido de haber intentado algo estúpido. pero lo que me hace sentir realmente miserable, es que ese sentido de autopreservación ha terminado convirtiéndome en eso que dicen que es el hombre: un animal de costumbres. y así, me acostumbré a bajar la cabeza para que el matón no me extienda su cortesía. me acostumbré a no responder al ataque verbal de un oficial de la ley y el orden, a obedecer cuando el motorizado y su corneta me ordenan no cambiar de canal. a aceptar que esto se lo llevó quien lo trajo y que esto se cuenta y no se cree. me acostumbré a volver a casa para alejarme del lugar donde vivo.
- entonces no, reina. no es la política. donde tú y yo vivimos, lo que nos mata el alma y la vida siempre ha sido y será el prójimo. y éste soy yo respondiendo a tu pregunta.
- gordo, la próxima hazte el güevón y no me contestes. ¿va?
- va.
- va.
martes, 26 de febrero de 2013
epicentro
cada noche, al acostarme en mi cama, siento a caracas temblar. no sé si es ella, la ciudad, o yo, temeroso de los sueños que vendrán.
jueves, 14 de febrero de 2013
es una larga historia
el mar estaba quieto aquel día. lo observaba desde lo alto del muelle. se antojaba cálido, calmo, como si por mil segundos o mil años se hubiera detenido a contemplar el sol que calentaba y nutría sin quemar. ese mismo sol que saludaba desde arriba, pero con la humildad de quien se observa a sí mismo feliz, reflejado sobre aquel hermoso espejo de agua y sal. feliz. así como por un instante, tan sólo un instante, me descubrí a mí mismo en medio de todo aquello.
desearía no haber tenido zapatos de cemento
desearía no haber tenido zapatos de cemento
domingo, 9 de diciembre de 2012
prosopopeya
una mujer ama su ipod. no la música que en él escucha. ama A su ipod y se enamora de él. le pone nombre. lo acaricia, cuida y limpia regularmente con afecto. nunca sale de casa sin él. sufre cuando algo le sucede y se recrimina cualquier rayón en su hermosa carcasa. jura que nunca más dejará que algo lo hiera. y duerme con él, comparte una cama y lo hace su amante. nada sexual, no malentiendan. se trata del objeto de su afecto, de ese que nunca le traicionará ni dejará. y un día el ipod se daña, no responde. y ella sufre y se siente vacía y se pone irritable. no se pierde, pero no se halla. y llora de rabia.
un hombre se define como periodista cuando le preguntan quién es. orgulloso de sí mismo, todos los días responde: soy ingeniero, soy doctor, soy el padre de, soy bachiller. soy el novio, venezolano. soy hijo de irlandeses. soy un gentilicio, soy mi trabajo y cuanto gano. y un día su trabajo cesa, lo despiden, pero la pregunta sigue siendo "¿quién eres?". se cuestiona cómo algo puede terminar así, de buenas a primeras. que más allá de la liquidación monetaria y de la causal de despido, no existen ni causas ni consecuencias. si él es gente y es su trabajo, entonces su trabajo es gente. ¿sí, no? pero la gente no se muere porque sí. el universo tiene que ser más grande y complejo. la gente no deja de existir y ya. todo es un proceso, o debería. debería, pero no. y se da cuenta de que su trabajo no es gente, que ese ente que lo definió desde hace años, que ese aura que es la profesión, que esa humanidad que lo recubría no es tal. que si su trabajo no es humano, por definición (de hecho, por carecer de ella), él tampoco lo es. y va y salta a las vías del metro.
en un cuarto un bombillo se quema solo. inexplicablemente mi clave de acceso no responde y, no sé desde cuándo, al parecer aquel reloj dejó de marcar horas. en una calle cualquiera un carro nuevo ya no anda, mientras rosas tristes mueren en un vaso. el semáforo en la avenida ya no da pausa ni da paso. en un corazón un sentimiento nace y otro mata. en una escarpada montaña, una cuerda resistente se rompe y alguien cae al vacío. su casco no funciona. un plato se escapa mientras alguien lo enjabona. 17% de las veces un preservativo no protege y, cuando el deadline se acerca, 35% de los archivos informáticos se borran. la señal satelital se va sin avisar en un día soleado, la lluvia cae e insiste en estrellarse. un órgano colapsa. un puente también. su tacón izquierdo cede mientras ella está sentada sin siquiera haber apoyado el pie. se oxida lo inoxidable. un techo sucumbe a pesar de la arquitectura. todos los días nacen para acabarse otra vez. y sólo entonces lo sabes y ellas también.
las cosas mueren al descubrir que no son humanas.
sábado, 13 de octubre de 2012
un día cualquiera
5:05am. la gente amaneció sintiéndose parte de algo grande. tras años de entrenamiento, seríamos puestos a prueba. hoy es el día, pensé. es el día para que pase lo que tenga que pasar.
había ansiedad en la cola. los cuellos rompían filas, se asomaban, se estiraban, para ver si aún cuando eran apenas las cinco, algo distinto ocurría adelante. "cuídeme el puesto, voy a ver". "dejé el paraguas, ya vengo". cosas que dice la gente. mientras le guardaba el puesto a la señora delante de mí, me di cuenta de que había dejado el libro que me acompañaría durante la mañana y, aunque mi casa no estaba lejos y sabía con certeza que lo había olvidado junto a la cama, decidí quedarme en mi sitio. aquel 7 de octubre no quise perderme de nada. la expectación era grande y se sentía en la calle.
no diré que la gente salió a votar con alegría y a sentirse parte de la mal llamada fiesta electoral, pues por especial que fuese el día, seguía siendo un domingo en la madrugada. en medio del sueño perdido, bostezos, lagañas y la dejadez de las horas, unos esperaban cambiar algo y otros simplemente que el esfuerzo no les alcanzase a los primeros. en todo momento la gente se miraba y se estudiaba. cada uno analizaba su entorno, sus compañeros de fila y esperaba antes de hablar. nadie llevaba marcas. ¿tú eres chavista o escuálido? se preguntaban con los ojos. todos querían compartir algo de ese momento histórico, pero no enfrascarse en batallas fútiles. claro está que si la situación lo ameritase, se atacarían y defenderían con el verbo y la acción. fue así como se dio inicio oficial a las conversaciones genéricas acerca del clima, la hora y las várices que genera estar mucho tiempo de pie. con precaución esquivaban el tema que los trajo allí: la política.
por enésima vez pasó el camión con el sonido de la diana militar y la voz del candidato. no muy cerca del centro, pero lo suficiente como para dejarse escuchar. el tópico estaba servido. se miraron a la cara y les fue imposible no hablar del tabú autoimpuesto. con increíble maestría se adentraron en el tema como quien se introduce en una bañera de agua helada: muy, muy despacio. al observar la poca presencia de jóvenes en la fila, alguien lanzó una decepción: "los hijos no se dan cuenta hasta que son padres. la mía tiene 25 años y no se quiso venir. dice que vota más tarde". un interlocutor sonrió y contó también su propia anécdota. parecían divertirse. extrañaban poder conversar con un desconocido.
yo por mi parte, y debido a mi aversión a interactuar con gente en las colas, fuera cual fuere su naturaleza (banco, metrobus, etc.), no hice contacto visual con nadie por más de 2 segundos y buscaba entretenerme con cualquier cosa. noté, por ejemplo, que la gente se nos unía a razón de 100 personas cada 15 minutos y que el venezolano no hace colas, sino que se aglomera. calculé que en cada metro cuadrado se juntaban aproximadamente 5 personas por lo que, si mi fórmula era correcta, tenía unas 125 personas por delante. esa cifra ascendería a 250 ó 300 más tarde, cuando llegaron los familiares rezagados que enviaron al cabeza de familia a guardar los puestos. a las 5:55 de la mañana la luz tenue facilitaba la lectura a aquellos que no olvidaron al compañero en la cama, mientras el calor comenzaba a abrasar a fuego lento.
los vendedores de café iban y venían. los vecinos de toda la vida se reencontraban y hablaban a gritos como de balcón a balcón. los paseantes escudriñaban en las colas y saludaban con ese gesto de quijada al encontrar conocidos entre la muchedumbre. épale, ¿qué hubo? todo bien. las guacamayas, ajenas a todo, daban los buenos días a caracas con su canto. se posaban en los tendederos de los edificios cercanos para tostarse al sol. comprendí que la vida estaba tres pisos por encima de todo en aquella cola, que a nivel de piso solo hay presente y que el futuro hay que plantarlo en una urna de cartón.
en este centro siempre empiezan a las 8, dijo una mujer de aspecto nórdico, además acá hay mucho viejito y la cosa tarda más. me habló y la escuché sin atreverme a prestar total atención, las conversaciónes se solapaban, aparecieron los primeros secretos a voces, los yo conozco a un vecino que tiene un amigo.... la fila de gente se despertó alebrestada. el rumor de la ciudad, como metáfora de inseguridad, desempleo y falta de viviendas, hizo necesario elevar las voces. eran las 6:20am y aún no abrían el centro, pues faltaban dos miembros en una de las mesas. llegaron tarde en un guiño a eso que deseábamos acabar: el abuso, la impuntualidad, la caradura. si bien éste es un problema social más que político, como dicen por ahí, da pa' todo.
dentro del liceo nada, pero afuera ya se habían constituido las mesas de los vendedores. al café ahora lo acompañan cachapas, tizanas, tortas, manzanillas, jugos, arepas y hasta avena. si algo tenemos es ese ojo avisor de oportunidades de emprendimiento. una cachapa por 20 mil, 2 por 30. una ganga. proseguí en el estudio de esa fauna que son mis compatriotas. unos iban ataviados como para una boda, otros andaban con la moda de las playas sin la arena. los que no, la mayoría, iban vestidos con atuendos deportivos como ouput para sacar rivalidades. mis leones derrotan a tu navegantes, tiburones pa' encima, la vinotinto es de todos, comemos tigres, comemos leones, águilas... ¡viva trotamundos! ¡viva mineros de guayana! ¡viva chávez! - epa, no puedes decir eso - yo digo endy chávez. qué gran pelotero.
a las 6:32am abrieron la puerta y comenzamos a pasar pero muy despacito. me encontraba a 25 metros de la puerta y entré a las 8:10am. 180 minutos de cola no son algo del otro mundo, pero adentro me esperaban todavía dos horas más de jugar a la oveja pastoreada. nos hicieron pasar a una cancha deportiva en donde militares con mala cara daban órdenes a civiles, mientras nos formaban en filas desiguales. recordé esas películas del holocausto y reí por lo ridícula de la comparación. el resto fueron cositas de la mala suerte: me tocó compartir con los típicos chistosos que gritan cuando hablan, los que intentan colearse, también los que se quejan para drenarse empañando el ánimo de los demás. todo un compendio de ejemplos de viveza criolla y arquetipos de nuestra ciudadanía. mi mesa, típico, avanzaba mucho más lento que las demás, lo que me permitió apreciar que el patio de espera era un monumento a la toxoplasmosis: un mierdero de gatos y aves. destaco: en esa cancha juegan y hacen deporte tus hijos y los de la comunidad.
una hora más tarde, yo seguía en el mismo sitio cuando la gente afuera exclamaba "queremos votar". sin ánimos de hablar del CNE o de la forma de sufragar, el proceso de votación más moderno del mundo es asquerosamente lento. los miembros y testigos no estaban del todo preparados, fueron descorteses y groseros. la señora que votaba justo antes de mí tuvo problemas con la huella y la solución al hecho tardó más de 10 minutos. cuando por fin nada se interpuso entre la máquina y yo pude votar. 5 horas de espera para ejercer el voto y recorrer la herradura electoral en 9 segundos.
a las 10:32am me dirigía a casa con la esperanza, no, la certeza de que aquella manera de hacer las cosas cambiaría. en un acto de habla decreté que nunca más volvería a sufrir los embates de la venezolanidad administrativa y que como yo, millones de venezolanos nos habíamos hartado de padecer a costa del honor de ostentar este hermoso gentilicio. con una sonrisa y la satisfacción del deber cumplido, volví a casa. lo que vino después ya ustedes lo leyeron y escucharon. algarabías, tristezas, plomo al aire, la crápula y el llanto. una gran cagada.
sea que nos hallemos en la embriaguez de la victoria o en el sopor de la derrota, plantear aquella fecha como un final y no un comienzo es negación ensordecedora que solo podremos acallar si escuchamos con detenimiento, si dejamos de reír y llorar un momento. nos cansamos de hacer la misma cola mil veces en aquel patio inmundo, sí, pero no es tiempo de hacer maletas ni acostarnos a esperar. tan solo una pausa, un respiro para entender que si verdaderamente tratamos con atención, podremos oír el click del engranaje que recién hemos puesto en marcha.
había ansiedad en la cola. los cuellos rompían filas, se asomaban, se estiraban, para ver si aún cuando eran apenas las cinco, algo distinto ocurría adelante. "cuídeme el puesto, voy a ver". "dejé el paraguas, ya vengo". cosas que dice la gente. mientras le guardaba el puesto a la señora delante de mí, me di cuenta de que había dejado el libro que me acompañaría durante la mañana y, aunque mi casa no estaba lejos y sabía con certeza que lo había olvidado junto a la cama, decidí quedarme en mi sitio. aquel 7 de octubre no quise perderme de nada. la expectación era grande y se sentía en la calle.
no diré que la gente salió a votar con alegría y a sentirse parte de la mal llamada fiesta electoral, pues por especial que fuese el día, seguía siendo un domingo en la madrugada. en medio del sueño perdido, bostezos, lagañas y la dejadez de las horas, unos esperaban cambiar algo y otros simplemente que el esfuerzo no les alcanzase a los primeros. en todo momento la gente se miraba y se estudiaba. cada uno analizaba su entorno, sus compañeros de fila y esperaba antes de hablar. nadie llevaba marcas. ¿tú eres chavista o escuálido? se preguntaban con los ojos. todos querían compartir algo de ese momento histórico, pero no enfrascarse en batallas fútiles. claro está que si la situación lo ameritase, se atacarían y defenderían con el verbo y la acción. fue así como se dio inicio oficial a las conversaciones genéricas acerca del clima, la hora y las várices que genera estar mucho tiempo de pie. con precaución esquivaban el tema que los trajo allí: la política.
por enésima vez pasó el camión con el sonido de la diana militar y la voz del candidato. no muy cerca del centro, pero lo suficiente como para dejarse escuchar. el tópico estaba servido. se miraron a la cara y les fue imposible no hablar del tabú autoimpuesto. con increíble maestría se adentraron en el tema como quien se introduce en una bañera de agua helada: muy, muy despacio. al observar la poca presencia de jóvenes en la fila, alguien lanzó una decepción: "los hijos no se dan cuenta hasta que son padres. la mía tiene 25 años y no se quiso venir. dice que vota más tarde". un interlocutor sonrió y contó también su propia anécdota. parecían divertirse. extrañaban poder conversar con un desconocido.
yo por mi parte, y debido a mi aversión a interactuar con gente en las colas, fuera cual fuere su naturaleza (banco, metrobus, etc.), no hice contacto visual con nadie por más de 2 segundos y buscaba entretenerme con cualquier cosa. noté, por ejemplo, que la gente se nos unía a razón de 100 personas cada 15 minutos y que el venezolano no hace colas, sino que se aglomera. calculé que en cada metro cuadrado se juntaban aproximadamente 5 personas por lo que, si mi fórmula era correcta, tenía unas 125 personas por delante. esa cifra ascendería a 250 ó 300 más tarde, cuando llegaron los familiares rezagados que enviaron al cabeza de familia a guardar los puestos. a las 5:55 de la mañana la luz tenue facilitaba la lectura a aquellos que no olvidaron al compañero en la cama, mientras el calor comenzaba a abrasar a fuego lento.
los vendedores de café iban y venían. los vecinos de toda la vida se reencontraban y hablaban a gritos como de balcón a balcón. los paseantes escudriñaban en las colas y saludaban con ese gesto de quijada al encontrar conocidos entre la muchedumbre. épale, ¿qué hubo? todo bien. las guacamayas, ajenas a todo, daban los buenos días a caracas con su canto. se posaban en los tendederos de los edificios cercanos para tostarse al sol. comprendí que la vida estaba tres pisos por encima de todo en aquella cola, que a nivel de piso solo hay presente y que el futuro hay que plantarlo en una urna de cartón.
en este centro siempre empiezan a las 8, dijo una mujer de aspecto nórdico, además acá hay mucho viejito y la cosa tarda más. me habló y la escuché sin atreverme a prestar total atención, las conversaciónes se solapaban, aparecieron los primeros secretos a voces, los yo conozco a un vecino que tiene un amigo.... la fila de gente se despertó alebrestada. el rumor de la ciudad, como metáfora de inseguridad, desempleo y falta de viviendas, hizo necesario elevar las voces. eran las 6:20am y aún no abrían el centro, pues faltaban dos miembros en una de las mesas. llegaron tarde en un guiño a eso que deseábamos acabar: el abuso, la impuntualidad, la caradura. si bien éste es un problema social más que político, como dicen por ahí, da pa' todo.
dentro del liceo nada, pero afuera ya se habían constituido las mesas de los vendedores. al café ahora lo acompañan cachapas, tizanas, tortas, manzanillas, jugos, arepas y hasta avena. si algo tenemos es ese ojo avisor de oportunidades de emprendimiento. una cachapa por 20 mil, 2 por 30. una ganga. proseguí en el estudio de esa fauna que son mis compatriotas. unos iban ataviados como para una boda, otros andaban con la moda de las playas sin la arena. los que no, la mayoría, iban vestidos con atuendos deportivos como ouput para sacar rivalidades. mis leones derrotan a tu navegantes, tiburones pa' encima, la vinotinto es de todos, comemos tigres, comemos leones, águilas... ¡viva trotamundos! ¡viva mineros de guayana! ¡viva chávez! - epa, no puedes decir eso - yo digo endy chávez. qué gran pelotero.
a las 6:32am abrieron la puerta y comenzamos a pasar pero muy despacito. me encontraba a 25 metros de la puerta y entré a las 8:10am. 180 minutos de cola no son algo del otro mundo, pero adentro me esperaban todavía dos horas más de jugar a la oveja pastoreada. nos hicieron pasar a una cancha deportiva en donde militares con mala cara daban órdenes a civiles, mientras nos formaban en filas desiguales. recordé esas películas del holocausto y reí por lo ridícula de la comparación. el resto fueron cositas de la mala suerte: me tocó compartir con los típicos chistosos que gritan cuando hablan, los que intentan colearse, también los que se quejan para drenarse empañando el ánimo de los demás. todo un compendio de ejemplos de viveza criolla y arquetipos de nuestra ciudadanía. mi mesa, típico, avanzaba mucho más lento que las demás, lo que me permitió apreciar que el patio de espera era un monumento a la toxoplasmosis: un mierdero de gatos y aves. destaco: en esa cancha juegan y hacen deporte tus hijos y los de la comunidad.
una hora más tarde, yo seguía en el mismo sitio cuando la gente afuera exclamaba "queremos votar". sin ánimos de hablar del CNE o de la forma de sufragar, el proceso de votación más moderno del mundo es asquerosamente lento. los miembros y testigos no estaban del todo preparados, fueron descorteses y groseros. la señora que votaba justo antes de mí tuvo problemas con la huella y la solución al hecho tardó más de 10 minutos. cuando por fin nada se interpuso entre la máquina y yo pude votar. 5 horas de espera para ejercer el voto y recorrer la herradura electoral en 9 segundos.
a las 10:32am me dirigía a casa con la esperanza, no, la certeza de que aquella manera de hacer las cosas cambiaría. en un acto de habla decreté que nunca más volvería a sufrir los embates de la venezolanidad administrativa y que como yo, millones de venezolanos nos habíamos hartado de padecer a costa del honor de ostentar este hermoso gentilicio. con una sonrisa y la satisfacción del deber cumplido, volví a casa. lo que vino después ya ustedes lo leyeron y escucharon. algarabías, tristezas, plomo al aire, la crápula y el llanto. una gran cagada.
sea que nos hallemos en la embriaguez de la victoria o en el sopor de la derrota, plantear aquella fecha como un final y no un comienzo es negación ensordecedora que solo podremos acallar si escuchamos con detenimiento, si dejamos de reír y llorar un momento. nos cansamos de hacer la misma cola mil veces en aquel patio inmundo, sí, pero no es tiempo de hacer maletas ni acostarnos a esperar. tan solo una pausa, un respiro para entender que si verdaderamente tratamos con atención, podremos oír el click del engranaje que recién hemos puesto en marcha.
jueves, 27 de septiembre de 2012
dios el expendedor
no hace mucho tuve un par de encuentros desafortunados con una máquina expendedora de chucherías, refrescos y otras mariqueritas, que hoy traigo a modo de anécdota. ésta es la trágica historia de un hombre que luchó contra todo y sin embargo, nunca obtuvo lo que realmente anhelaba. la vida y dios se lo negaron.
"ya vengo, voy al piso cuatro a comprarme una manzanita". la había saboreado en mis papilas gustativas durante toda la mañana y necesitaba, de una vez por todas, hacerme con su exquisito sabor. ni uva, ni colita, ni juguitos naturales. mi deseo era una manzanita, o lo que es lo mismo, la felicidad. salí de la oficina, no sin antes presentar mi carnet intransferible al lector electrónico de la puerta. cumplí con los trámites impuestos por la sociedad (en este caso el comité de seguridad laboral) y las láminas de vidrio me abrieron paso. me dirigí al ascensor y pedí el piso 4, por favor. gracias, qué amable. siempre a la orden. hasta luego. todo ello en un monólogo, pues es sabido que nadie, absolutamente nadie, me contesta la cortesía ni embarrada en lindas palabras.
llegué. me dirigí a la máquina mientras buscaba en el bolsillo un billete previa y perfectamente doblado, sin más arrugas de las que pudiese admitir la comerciante electrónica. desdoblé el papel con increíble cuidado, casi con ternura. lo acaricié en mis manos hasta dejarlo impecablemente presentable para la ranura de la máquina. era el juego previo a la introducción del dinero en aquella hermosa canal, estrecha, recién pulida. oh, por dios. ya no pude esperar más. y sí, le metí el billete entero.
hasta acá, todo normal, excepto por el extraño sentido sexual que, lastimosamente, acabo de darle al párrafo anterior. pero es acá donde la trama sufre un giro y se complica, no en términos de la historia, sino de mi existencia. la manzanita, mi manzanita, se hallaba en A15 en el tercer tramo, lo que auguraba una larga caída. no me importó. presioné las teclas A, 1 y 5 y me dispuse a esperar mi alegría. los espirales que mantenían aprisionada la lata de refresco pronto comenzaron a girar hasta liberarla y empujarla en caída libre hacia el precipicio. ¡bang! como si fuese la de newton, la manzana cayó del árbol.
con una sonrisa de 25 de diciembre por la mañana, recogí el envase de felicidad gaseosa y lo sostuve durante un par de segundos en contemplación. cuando halé la pestaña, como todos hubiesen podido esperar, todos menos yo, el líquido salió expulsado con violencia desde las oscuridades de aquel recipiente. empujada por el gas, aquella espuma rabiosa salió a mi encuentro y se abalanzó sobre mi ropa. casi todo el refresco murió estrellado en el piso como un kamikaze burbujeante.
la lata había perdido 75% de su contenido y 100% de su efervescencia. sentí ganas de llorar, pero simplemente maldije hasta la muerte a la madre del conductor que llevó aquel armatoste hasta su actual ubicación. eché a andar con mi dolor a cuestas. en algún lugar del camino lo tiré a la basura y decidí reanudar mi vida. tiempo más tarde, tras días de evitar los refrescos y el dolor de su recuerdo, decidí que era hora de machacar el pasado y sus miedos. esa manzanita sería mía.
con valor, subí al piso 4 para descubrir que el objeto de mi deseo se encontraba en el panel inferior y que la caída post liberación ya no sería un trauma. y en efecto, no fue la caída sino la pepsi light delante del refresco que yo quería y necesitaba lo que me golpeó la moral. así estaban. formadas en fila perfecta. pepsi light, manzanita, manzanita, colita y piña. me pregunté qué clase de dios permitiría tal aberración y grité al cielo sin abrir la boca. rápidamente caí en cuenta que lo único que me separaba de mi meta no era aquella lata de pepsi, sino el don del cálculo y la paciencia. simplemente debía esperar a que alguien tomase aquel refresco indeseado y mi camino estaría libre. estúpido tonto.
eso que llaman timing (cómo detesto esa palabreja) me volvió a joder y cuando pasé a vigilar el status de mi pedido al cielo, la asquerosa pepsi light ya no estaba en inventario pero my precious tampoco. miré al cielo nuevamente preguntando y de allá me respondieron que de eso que yo quería, no había más. al girar la cabeza vi a un niño, el hijo de algún empleado, disfrutar de mi refresco con el ruido que hace la mala educación cuando sorbe.
y entendí. al principio y al final uno tiene sueños, tiene planes, tiene mantras que repite como planas, y de nada sirven. y ojo, no se trata de decir que dios, el destino o la pachamama nos jode y no nos ama. no. cualquiera sea tu ente de confianza, te da lo que tiene y lo que hay, lo que quiere y puede darte y no lo que necesitas tú. lo bueno, dentro de todo, es que a veces y por extrañísimas coincidencias lo que te da y lo que necesitas pudieran ser la misma cosa.
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